sábado, 20 de febrero de 2010

PERROS - Cuento -


PERROS
Marta Julia Ravizzi


Es repetido. Muy seguido sueño lo mismo. Veo a mi vieja en la puerta del fondo que llega con un cachorrito negro, peludo y bravo.
Solamente a mí me ladra y me muestra los dientes chiquititos, de perro guagua, que todavía mama.
Le digo a la vieja que para qué, otro perro más, que después los chicos se encariñan y tenemos que dejarlo. Que la comida está cara, pero no hay caso. El pichicho sigue allí, moviendo la cola, ladrando y mostrando los colmillos chiquititos. Todo al mismo tiempo.
Mi vieja se encoge de hombros, me dice que total es raza chica, que no da gasto. Pero ¿no era ella la que no quería más bichos por la casa? Parece que ahora cambió de idea, ahora los quiere, pero no podemos tener tantos. Siete es mucho, si pensamos que tenemos cinco chicos y yo soy el único que trabaja. La cosa está dura como para que mi vieja se aparezca con un cachorro nuevo una vez por mes.
Hay días en que la leche no alcanza para llenar cinco bocas, porque los grandes, con mate nos arreglamos, pero los chicos.
Nada, no entiende, me mira con una sonrisita, da media vuelta y me deja hablando solo.
Será porque tantas veces yo la dejé con la palabra en la boca, cuando me sermoneaba por llegar tan tarde y medio borracho, pero eso era antes de conocer a la Luisa. Después, cuando empezaron a llegar los críos la cosa fue diferente. Los hijos son los hijos y uno sienta cabeza. Cinco, uno atrás del otro. Es que la Luisa queda embarazada con la mirada, ¡te juro! El más grande tiene siete y la más chiquita tres meses. Otro perro, pero qué le voy a hacer, la vieja es así. Lo trae y te lo tira a los pies, y encima éste que ya me tomó idea.

El capataz me tiene entre ceja y ceja. Dice que no le rindo por más que me deslomo desde que llego a la obra. Hacer tantos pastones, subir por los andamios, cal, arena, cemento, agua siempre fría y este invierno que no se quiere ir. Me pasé dos resfríos trabajando y ni puede tomar una aspirina. Qué se le va a hacer, cuando la familia es numerosa hay que agachar la cabeza y hacer lo que te mandan, si no, te rajan y chau, ¡andá a cantarle a Gardel!
Menos mal que la casa de la vieja es cómoda, por lo menos hay varias piezas, ¡que si no!
Me acuerdo cuando yo era chico las broncas que se agarraba mi vieja. Me escapaba del colegio y me iba con los otros pibes a la laguna a pescar ranas o nos íbamos por las vías del ferrocarril hasta dos o tres estaciones a cazar pajaritos. La vieja se ponía loca cuando volvía. Me daba duro, agarraba un pedazo de cable y me daba sin parar. Me quedaban las piernas como morcillas, pero yo nada, no le daba el gusto de llorar y eso la ponía más furiosa. Hasta que se cansaba y se iba, entonces sí, a solas me lloraba todo y por un montón de días no le hablaba. Era un pendejo bravo; en cambio los míos son unos santos. No me hacen ni la mitad de lo que hice yo. A lo mejor porque saben que los reviento a palos.
Cuando conocí a la Luisa fue diferente. Qué sé yo, metejón grande y cambié. Después empezaron a llegar los chicos y las cosas se acomodaron como están ahora. Vivimos al día, pero el techo es el techo y es nuestro; bueno de mi vieja, pero como soy hijo único es como si fuera mío.

Otro perro. ¿Hasta cuándo? Y me los deja nomás, se sonríe y me los tira a los pies. Ahí aparecen los chicos y ya está, otro pensionista en la casa. Es como si la vieja me estuviera haciendo pagar todas las que le hice. Ni me habla, como yo cuando ella me daba duro. Bueno, en realidad, lo que se dice hablar, hablar, hablamos siempre poco. Creo que en el fondo yo siempre le eché la culpa por lo del viejo, que nos dejó cuando yo tenía dos años y no lo volví a ver hasta grande. Un día me enteré que él tenía otra familia, y yo tres hermanos más chicos. Cuando se lo conté, la vieja me miró fiero y me dijo que algún día lo iba a pagar con mis hijos, por buscarlo. No entendió que me lo dijeron que yo no busqué nada, pero cuando supe fui para putearlo pero no pude, ya era un viejo sin memoria, ¡que lo tiró!
Esta noche, cuando la Luisa le dé de mamar a la bebé, va a tener que darle leche al cachorro, porque yo me levanto a las 3 de la mañana para llegar a González Catán desde Burzaco, y si llego tarde, el jodido del capataz me descuenta medio día. Otro trabajo más para mi mujer, pero la casa es de la vieja, y hay que aguantar.

La Luisa me dice que estoy loco, que qué me pasa, que ando raro, que de dónde saco tantos bichos. ¿Y qué le voy a decir? Seguro no me entendería, porque la Luisa es buena, pero de inteligencia, nada.

Y seguro que en unos días la vieja se me aparece otra vez con otro perro, como si fuera un castigo por tener tantos hijos…
Siempre el mismo sueño, siempre la misma imagen, siempre la vieja con esa sonrisita y sin palabras. Desde hace cuatro años me pasa esto.
Cuando se murió, empezaron a llegar los perros. Perros vivitos y coleando, y se quedan en mi casa aunque la Luisa no entienda.
Hay noches en las que no quisiera dormirme…


1er PREMIO: DIRECCIÓN DE CULTURA MERCEDES PCIA CORRIENTES - CONCURSO LITERARIO "CARLOS A. CASTELLÁN"

1er PREMIO: AGRUPACION IMPULSO DE BELLAS ARTES AYACUCHO – XXXI CONCURSO LITERARIO NACIONAL AYACUCHO 2009

PALABRAS - Poesía -

PALABRAS

Marta Julia Ravizzi

(...da lo mismo pensar o soñar / poema o bruma..) Humberto Vinuez

I
La sombra se inclina torvamente,
los pájaros se retiran
gritan miedo las arañas.
La lluvia arrastra su espesura
en la cicatriz del camino,
herida en la grieta por donde asoma la sangre.
La palabra se hace espesa,
la palabra se transforma,
ahora es turgente,
abrupta,
inmaculada.

Es en el momento justo, cuando dice
poema.

II

La piel hecha sentencia de antemano
sin palmas sin olivos
descartando olores y caricias.
Voy a impregnar en esperanza las horas primeras,
buscar la orilla vede un hilo que guie.
Voy a caminar hacia otro sitio,
intentando encontrar las llaves que
abran
el cerco donde la mano se pierde.
Madeja deshilada y confusa
todo es blanco,
una luz a lo lejos me indica
todavía es posible
hallar el orden de las cosas
como de bruma
espesa niebla que atesora
mi poema
mientras sueño

III

Caminar por la cornisa del poema,
hacer equilibrio arnés sin tientos,
subir por laderas escarpadas,
unir cada palabra,
hilvanar versos con
agua,
humo,
fuego.
Saltar hacia el abismo huérfano de ojos,
encontrar
mitades inconexas que transmutan
el minuto anterior del ahora.
La palabra sigue en la cornisa
para encontrar
la forma de decir.

1er. PREMIO: ROTARY CLUB DE CITY BELL CONCURSO LITERARIO 2009

jueves, 18 de febrero de 2010

MOMENTOS - Poesía -

MOMENTOS

Marta Julia Ravizzi

(Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo bebía, recuerdo.)
A. Pizarnik

Hay momentos en que la vida se vuelve turbia

hastío de inocencias perdidas.

Hay momentos en que la lumbre no alcanza

para entibiar dolores viejos

para callar las voces de un silencio

que grita por los costados.

Hay momentos en que la sed se vuelve opaca

metamorfosis con la propia saliva

con las mismas palabras

que no se hilvanan

que no brotan.

Esos momentos están

adosados a los cartílagos,

enmarañados en los huesos,

y se niegan al exilio.

1er PREMIO: DIRECCIÓN DE CULTURA MERCEDES PCIA CORRIENTES CONCURSO LITERARIO "CARLOS A. CASTELLÁN” AÑO 2009.-

miércoles, 17 de febrero de 2010

HERMANOS - Cuento -

HERMANOS

Marta Julia Ravizzi
Tanta historia y al final, para nada. No sé por qué amenaza tras amenaza, que nunca cumple. La cosa es solo conmigo. A mí no me perdona una, pero a Ignacio nunca le dice nada.
Sin embargo, el que trae el peso a casa soy yo, porque mi hermano es un vago. Todo el día en la cama, escuchando música o mirando tele, y eso que es el mayor. Conmigo las cosas son diferentes, siempre fueron distintas. Yo no cuento. Ni siquiera para que me llamen a cenar cuando vuelvo cansado del taller.
Hay cosas que no entiendo y por más que le busque explicación, no la encuentro. Siempre el preferido fue Ignacio, mientras que yo fui el burro de carga, y lo sigo siendo. Hasta el día que me canse y mande todo al diablo, dé un portazo y no me vean más. Vamos a ver cómo se las arreglan con la luz, el gas, los impuestos y los demás gastos de la casa.
Porque cuando hay que ir al supermercado, ahí sí está Marcelito, ahí sí se acuerdan que existió y como me llamo. Marcelito, el boludo.
Siempre igual, lo amenaza, pero después el mejor plato es para él, la mejor ropa, el mejor jabón. ¡Si hasta le lustra los zapatos al zángano ese!
De mí ni se acuerda. Hay parientes que ni saben que existo, pero Marcelo agacha la cabeza y trabaja más de 14 horas por día, sólo con mate porque, a pesar de estar a dos cuadras, nadie me alcanza un sándwich de milanesa siquiera.
Ya tengo 36 años, y el zángano 41. Nunca trabajó, por los bronquios dice la vieja, pero no es cierto. De vago nomás.
Yo soy el único que sabe lo que es madrugar, encerrarse y armar zapatos, porque aprendí el oficio de aparador, y después salir a colocarlos, con lo difícil que está todo.
La pensión de la vieja alcanza para los remedios, por eso yo pongo lo que gano para parar la casa.
Me hubiera gustado otra vida, una mujer, hijos. Pero qué voy a pensar en esas cosas, no puedo. Además, a mí quién me va a mirar. Todas las chicas que conozco salen despavoridas cuándo les cuento mi historia. Claro, a quién se le va a ocurrir cargar con un cuñado vago y una suegra enferma y además tener que vivir con ellos, encerrados en una pieza porque más especio no tengo y encima, cada vez que pueden, me dicen que la casa es de él, que está a su nombre.
No, mi vida es una porquería, pero un día me voy a cansar y las cosas van a cambiar, y ahí sí, vamos a ver qué hacen sin mí.
Ayer se descompuso, ¿y quién corrió? Marcelito, el tarado de la historia, pero no la iba a dejar morir en la cama. Ignacio ni se enteró, él estaba dormido y no había que despertarlo al pobrecito, a ver si se resfría, todavía.
Toda la noche estuve de aquí para allá. Qué hospital, internación, que la fatiga, la fiebre, que mejor una tomografía pero que va a tardar mucho, que mejor si la pagan, y que a las 3 de la mañana la trasladamos, que mejor vaya con ella, y que necesita estos medicamentos, que tráigalos rápido, que el cuadro es de importancia, que todavía no sabemos pero la vemos mal, que.
Menos mal que tenemos este cascajo de auto, que me las ingenio para que ande, ¡que si no! Así llegamos al hospital del pueblo. Como en todos los hospitales chicos, no hay nada y nos pasamos la noche de un lado para otro con ella a cuestas, haciendo estudios que salen una fortuna para bolsillos flacos como los nuestros, pero lo hice.
Ahora, a esperar, a ver qué dicen en el pase de médicos. Está en terapia.
Los médicos no son optimistas, son muchos años y está delicada. Al final, la madre es la madre, aunque tenga favoritismos, y a mí me duele. No quiero cargar con culpas.
El otro ni se acercó, y eso que le dejé una nota. Pero que se puede esperar de alguien que en medio de todo este lio, está esperando el café con leche en la cama. Reposo la habían dicho a la vieja, y él la mandó a la panadería por las medialunas, con este frío.
Tres días sin trabajar, sin moverme de la sala de espera, por si hay que salir corriendo a conseguir algo.

Las noticias cada vez son peores, la vieja está mal, no responde al tratamiento. Ignacio vino ayer a la tarde, un rato y se fue porque el olor a hospital le hace mal. ¡Qué caradura! como si no fuera su madre también. Ya lo vamos a arreglar cuando pase la tormenta. Ya me tiene podrido y estoy a punto de reventar.

Hace una semana que no trabajo. Los clientes me están reclamando los zapatos, pero si no me quedo yo, no hay quién salga a comprarle lo que falta. Es todo un lío.

A la noche se descompuso feo. Estuvieron con ella como cinco médicos. Le hicieron de todo por más de cuatro horas. A la madrugada me hicieron pasar a la salita chica y me dieron la noticia.

Ahora a preparar todo. Ignacio no quiere velarla. Cremala y chau, me dijo, el reverendo hijo de puta. Como si fuera un perro en vez de la madre. Qué equivocada estuvo siempre, pobre vieja. Yo hice lo que debía, cristianamente, aunque no crea un pito en nada.
A la vuelta del cementerio, me esperaba Ignacio. Fue la gota que rebasó el vaso y no aguanté más.
Cuando me vio me dijo que ahora que la vieja no está te tenés que buscar otro lugar porque en la casa no podemos estar los dos y además, la necesito. Y bueno, hice lo que tenía que hacer. Le contesté que lo iba a pensar, que en ese momento, mi cabeza estaba en otra cosa.
Hice bien, no me arrepiento porque Ignacio era despreciable y yo fui el único que la peleó desde chico.

El humo de veía desde dos kilómetros de distancia.


1er. PREMIO: CONCURSO LITERARIO 2009 BIBLIOTECA POPULAR JOSE INGENIEROS - ZARATE

NIDO VACÍO - Cuento -

NIDO VACÍO

Marta Julia Ravizzi


Que el nido vacío me dicen todos y ya estoy harta. Si, no me mires con esa cara porque para vos todo es bien fácil, ¡Nido vacío! ¡Nido vacío!, que va a ser así, si desde que se fueron dejaron más cosas de las que las se llevaron. Ropa, zapatillas, libros y camisetas de futbol por todas partes. Esta casa parece la sucursal de un negocio de ropa deportiva, ¡che! Cuando quieren guardar algo ¿a donde van? Aquí. Vienen aquí, como si sobrara espacio.
Mis amigas me decían vas a ver como los vas a extrañar, vas a ver las ganas que te van a dar de verlos, que lleguen, de darles un beso. Todas macanas, si están más acá que en la propia casa. Todos los domingos caen al mediodía, casi justo para sentarse a la mesa y esperar que los sirvan. Claro vos no decis nada porque la que trabaja soy yo, la que se levanta temprano para amasar los ravioles soy yo. Me sé de memoria eso de que las pastas caseras son más sanas y como vos las hacés no las hace nadie. Como si los estuviera oyendo. Vieja sos un fenómeno, la salsa está para chuparse los dedos.
¿Y sabés qué? Estoy cansada de que se instalen hasta la noche, que me dejen el living hecho un chiquero, porque vos, si, no me mires, vos los incitas a ver el partido y empiezan con eso de un cervecita, y unos manicitos ya que estas viejita, y la vieja va y viene, va y viene cortando el queso y los salamines. Ustedes nunca están llenos. Los cuatro salieron a vos, acostumbrados a que los atiendan, a que una siempre corra para dejarlos satisfechos.
Me tengo que levantar a las siete para ir a misa de ocho, pudiendo ir a la de las once. ¿Qué ponés esa cara? Claro que tengo que ir a la iglesia. Yo soy la que reza por la familia, ¿o quién lo hace, a ver? Por todos ustedes rezo, manga de herejes, para que no se encuentren en el infierno, ¡que joder! Pero claro, tengo que madrugar hasta el domingo y cuando vuelvo tengo que empezar con la comida, con el postre, que hacete un flancito de esos ricos como vos sabés y yo como una estúpida no digo nada y hasta preparo la crema y todo.
Si, estoy cansada. ¿Nido vacío? No me hagan reír. Nido vacío fue la casa de mi mamá cuando nos casamos. Bien lejos que me llevaste y los domingos ni se te podía pedir de ir a verla. Estabas cansado, trabajabas toda la semana me decías y aquí nos teníamos que quedar. Entonces no existía eso del nido vacío, que esperanza, antes, una se aguantaba porque cuando los hijos se casaban se iban y chau.
Ahora no, se te casan pero igual siguen agarrados del picaporte. Y encima ni son capaces de ayudar o traer algo por lo menos, ellas tampoco dan una mano. Que cocinar, que lavar los platos, que después te hacés un cafecito viejita? Y más tarde un matecito, y trae los bizcochitos o ¿cómo, no hiciste pasta frola con lo bien que te sale? ¡Basta!, que la burra está cansada que se creen, un domingo de estos, agarro el bolso y hasta la noche no aparezco, me voy a lo de la Emilia, pobre hija. A ella le tocó un marido mamero como los hermanos, siempren en casa de la suegra. Todos los domingos metidos allí. Él dice que cuando viene Damián terminan discutiendo, pero son macanas, que van a discutir, si el que empieza es siempre él, ¡cuando vienen claro!
Pobre mi Emilita, menos mal que ella no es zonza como la madre, que por lo menos se las cobra, y ya que la vieja quiere que vayan, ella se hace la enferma y nunca lleva nada y apenas si pone la mesa.
Igual que vos, tu yerno es igual a vos, si parece más hijo tuyo que los chicos. Porque vos también todos los domingos me llevabas a la casa de tu mamá, y yo me tenía que tragar la rabia y las indirectas de tus hermanas. Bien que me hacían sentir como la Cenicienta, ¡brujas de mierda!. Pero yo no me quedaba atrás, si supieran cuantas veces les metí el dedo en el café! Móni, te hacés un cafecito? a vos te sale tan rico! Hacer se los hacía, pero nunca se imaginaron lo que estaban tomando. Hace bien la Emilia, que se creen esas. Una habla porque las pasó, ¡que sino!
¡Ay, se me están pasando las papas! ¡Qué barbaridad! No me des manija, querés, que si se me pasa la comida no se con que los lleno. Menos mal que las salve a tiempo.
Ahora a poner la mesa. ¿Cuántos somos?, si ya sé, diez con los chicos. Dios mío, así no hay plata que alcance, y vos me decís que yo derrocho. Pero ¿sabés lo que es llenar a esos mastodontes? Si que lo sabés, pero te hacés el burro, total, me dejas protestar un rato y después la pasás fenómeno con los chicos. En cambio yo, con las mujeres, ¡me tengo que cuidar como de hacerme encima! Están siempre mirando a ver si le doy la porción más grande a una que a otra, igual que con los nenes, ¡angelitos del Señor! Mirá si una va a hacer diferencias con los nietos, pero ellas son así, siempre le buscan el pelo al huevo, que tanto!


¡Uy! que hora se hizo, viejo. ¡Apurate, que en un ratito llegan los chicos y no me gusta que tengan que esperar la comida, pobres! Después se les junta con el partido. ¡Dale, viejo, traé el vino bueno, que a Damián le gusta el de etiqueta marrón! Apurate, ¿querés? Hace como una semana que no los veo, porque al final, una los extraña, que querés, por algo los llevé en la panza nueve meses. ¿Sabés lo que son nueve meses, vos? No, que te vas a imaginar. La madre es la madre, y no es que los lleno de atenciones o mimos, nada de eso, pero son mis hijos, che, que embromar, y vienen a vernos. Dale, ponete contento y cambiá la cara, en un rato tenemos los chicos en casa, ¡hacéme el favor! Al fin de cuentas a vos no hay nada que te venga bien. Mirá que sos jodido, ¿eh?

1er. PREMIO: II CONCURSO LITERARIO INTERNACIONAL DÍA DE LA MADRE – CAMPANA 2009

NUBES - Cuento -

NUBES

Marta Julia Ravizzi
Me gusta jugar con las nubes. Siempre les estoy buscando alguna forma, algún parecido, como a esta que veo desde el auto. Parece un caballito de mar nadando entre las algas, en el fondo del océano.
Con Esteban me pasaba lo mismo, siempre le estaba buscando parecidos, a su fisonomía, a su forma de ser, pero casi nunca era cierto, es verdad.
Cuando nos conocimos, me deslumbró esa seguridad que tenía para hablar de cualquier tema. Una seguridad en la que nada se ponía en duda.
Ahora mi caballito de mar se va ensanchando.
Esteban es ese tipo de personas que da por sentenciado todo lo que dice. Siempre es palabra santa, y por lo general tiene razón, no siempre. Muchas discusiones han empezado por eso. Con el tiempo yo comencé a disentir en algunas cosas, pero él nunca pudo entenderlo.
Mi caballito de mar ahora, se ha transformado en la cabeza de un tucán.
Recuerdo nuestra primera cita. Llegó con un ramito de violetas blancas. Me asombró, yo no las conocía. Me explicó algo de la mutación genética de las plantas, de ahí el color. No sé si era verdad, pero sonaba lindo y le creí. Esteban es un tipo muy hábil con la palabra, siempre consigue sus propósitos. Para él, el no no existe.
Ahora mi tucán tiene el pico abierto, parece tener sed.
La sed era una constante en Esteban. Siempre necesitaba más. Más agua, más aire, más amor. Insaciable es la palabra. Exigía más y más hasta agotar los cuencos.
Él pedía, pedía, y yo daba, daba. Siempre había algo más para entregar.
Mi tucán tiene el pico demasiado abierto. Parece el de un águila.
Empezamos a convivir a los seis meses de conocernos. Al principio, como en cualquier pareja, todo era idilio, pero con el tiempo se fueron agudizando las diferencias.
A mí no me gustaba cómo deja destapada la pasta dental o que la canilla del lavatorio quede goteando, y a él le molestaba que yo leyera en la cama antes de dormirme.
Mi tucán se ha mimetizado con otras nubes mayores que avanzan desde el sur, ahora parece una playa caribeña, pero sin gente, como la orilla de alguna isla desierta.
No volvimos a tener una cena como las del principio, donde cada uno le contaba al otro las novedades del día, o lo sorprendía con algo diferente.
Mi nube ahora se ha transformado en un castillo medieval, con torretas altas, como si fueran de castigo.
Nunca planeamos hijos, siempre faltaba algo o sobraban necesidades internas. El dinero nunca fue un obstáculo. Los días se sucedían monótonos, y por ese tiempo dejé de comer. El cansancio estaba instalado en mi vida.
De la ventana de la torre más alta del castillo, parece salir la bocanada de fuego de un dragón. Lenguas de fuego que intentan invadir todo, con el propósito de destruir, que nada quede.
Los días pasaban con esa abulia que dá aquello que no distrae.
Para ese entonces, a mi me faltaban solamente dos materias para graduarme, pero él ni lo intuía. Por supuesto, yo tampoco se lo dije.
Aquella que pasa se parece a la cabeza de un tigre con la boca abierta. Hasta se le pueden contar los dientes y ni hablar de los colmillos. Impresiona.
Conocí a Luis en el último cuatrimestre. Cursamos juntos las seis materias.
Luis, tan diferente a Esteban. No se impacienta, sabe escuchar. Casi no habla de nada que tenga que ver con él. Es el opuesto de Esteban.
Con Luis nos fuimos haciendo amigos de a poco. Un café, un alfajor, un viaje en subte.
Hasta que llegó el primer beso, aunque, a decir verdad, ese primer beso se lo di con los ojos mucho antes de que él se atreviera a buscar mi boca. Cuando nos besamos supe que mis días con Esteban estaban contados. Después fueron los encuentros en su departamento, a las apuradas, a las escondidas. Luis en mi cabeza, Luis en mi recuerdo, Luis en mi piel.
Ya no hubo sitio para Esteban y una noche se lo dije, de un tirón, sin mirarlo. No pareció asombrase, creo que lo esperaba. Es mejor así, dijo, y salió para darme tiempo a que me fuera.
Ahora el tigre abre sus fauces, parece comerse el cielo. Los ojos se afinan y elípticos penetran a través de cualquier cosa, amenazantes.
Salí casi con lo puesto y llegué a casa de Luis. No me esperaba, por lo menos, no esa noche, pero ya estaba hecho.
Hace tres semanas rendí la última materia. Aprobé. Luis estaba esperando mi nota. Cuando salimos, fuimos a tomar algo. Para celebrar, me dijo, y le creí.
Fuimos al barcito de siempre, cerca de la facultad. Estaba anocheciendo, pero igual se veían algunas nubes.
Mi tigre cierra su boca. Ahoga tiene las garras abiertas y el cielo está más oscuro.
No necesité mucho. Luis, el que nunca hablaba de sí mismo, contó todo de golpe y de un tirón. Yo, sin entender, como si llegaran desde otro planeta oía palabras como hijos, esposa, imposible, te quiero pero no puedo, merecés más, perdoname, responsabilidades.
El tigre salta sobre mi cuello y aprieta.
Con un mínimo respiro pude mirarlo a los ojos que le gritaron todo mi desprecio, tomé mis libros y me fui. Dormí en un hotel del centro, al otro día pasé a buscar mis cosas a su departamento. Luis no estaba, mejor.
Decidí que jamás creería una palabra de otro hombre.
Ahora que el tigre ha desaparecido, es hora que el cielo muestre otra cara, a pesar de mis errores.

Hace un par de semana, conocí a Jordán en una reunión de amigos. Es alegre, inteligente y, sobre todo, muy buen mozo. Me pidió el número de teléfono, el celular, el mail. Dijo que nos comunicaríamos…

Esa que va allí, parece una flecha atravesando un cora…

No, no es cierto, solo parece una flecha.
Nada más.

1er. PREMIO: NOVENO CONCURSO INTERNACIONAL DE CUENTO Y POESÍA ALFONSINA STORNI 2009 - MARCS JUAREZ – CORDOBA - ARGENTINA -

martes, 16 de febrero de 2010

A LA ESCONDIDA - Cuento -

A LA ESCONDIDA

Marta Julia Ravizzi

Ah no, así no vale. Yo le dije que tenía que ser sin mirarme. Dese vuelta y cierre los ojos. Y no espíe, ¿eh?” La salvación. Isidoro Blastein.

No vale hacer trampas, ya te dije que no hay que mirar, porque si miras tenés una prenda ya las tres, ya sabés a Berlín, ¿oíste?
Dale contá hasta cincuenta. Ufa ya sé que no sabes, pero hacé como si supieras, repetí muchas veces uno, dos, tres, cuatro. No, después viene el cinco, no el ocho. Mirá que sos tonto ¿Eh?
Sin mirar, no te des vuelta, no espíes. Eso es trampa. Tenés otra prenda. Igual que el domingo, ¿no te acordás? No sabés jugar, bobo. Dale, empezó otra vez.
Es igual al juego que jugaban papá y mamá, antes de que mamá se fuera a vivir con los abuelos, tonto.
Vos contás, yo me escondo y después tenés que encontrarme. Dale, a ver: uno, dos, tres, cuatro, Después viene el cinco, ya te lo dije. Hasta cincuenta, acordate y no mirés, con los ojos cerrados, como mamá cuando se quedaba dormida.
No, así no juego más. Al final ni sabés contar todavía. Es hasta cincuenta y con los ojos cerrados, pero vos sos tan tonto. Te parecés a mamá. Papá siempre la encontraba. Hasta en el baño la encontraba. Y eso que ella sabía esconderse bien, pero papá es igualito a mí, que siempre te encuentro.
Dale, volvé a contar. Empezá de nuevo ¿ves? tenés otra prenda. Mirá que te vas a Berlín. ¡Queda de lejos! Y después tener que hacer lo que yo te diga. Todo tenés que hacer, sin chistar que para eso perdiste.
El que pierde, pierde del todo. ¿No lo sabés? Siempre es así. Por eso, cerrá bien fuerte los ojos y después buscame. Así es el juego, zonzo. Igualito al domingo. Ya sé que te gane, si te gano siempre, y bueno, aprendé.
Yo soy como papá, siempre me escondo bien, siempre.
¡No! con los ojos abiertos no, es con los ojos cerrados, ¿o querés que te los tape con un pañuelo, como los tenía mamá? Mirá que te los tapo bien fuerte, así no me espiás, así no me ves y yo me escondo bien para que no me encuentres.
Un, dos, tres, cuatro, cinco. Después viene el seis, el siete, el ocho. Dale, empezá, que yo ya elegí el lugar, no me vas a poder encontrar nunca, nunca. Cuando uno sale, tiene que correr mucho y tocar la pared mientras grita “Piedra Libre” y gana, por eso vos tenés que seguir contando, yo siempre te gano, nunca me encontrás.
No sé donde te esconderías, siempre te toca contar. En cambio yo nunca conté, no me gusta, prefiero esconderme y que me busques. Mamá hacía lo mismo, ¿te acordás?, pero papá siempre la encontraba. Hasta dentro del placard la encontraba, hasta que un día.
Me voy a fijar, en el fondo, o por el lavadero, por ahí se escondió en el lavarropas y no se fue a la casa de la abuela, como nos dijo papá.
Por ahí ella también se sabe esconder como yo para que nadie la encuentre.
Dale tonto, empezá a contar otra vez, hasta la noche vamos a jugar. Hasta que se haga oscuro y tengamos que entrar para ir a dormir. A mí tampoco me gusta ir a dormir ahora. Antes sí, con los cuentos y esas cosas, pero ahora ni un poco me gusta estar adentro.
Hace mucho calor y a veces me parece que me ahogo aunque esté el ventilador de techo encendido. A vos nunca te pasa nada. Qué suerte tenés. A mí también me gustaría ser como vos, para no tener que pensar, para no tener que acordarme. Me gustaría ser de peluche, como vos.
Dale, contá que se hace de noche. Uno, dos, tres…
No mejor cuento yo, y si te encuentro te vas con los abuelos y yo te voy a busacar y nos quedamos allá.
¿Querés?

1er. PREMIO: SECRETARIA CUELTURA DE MERLO – AÑO 2008 -